Falta 1 día: Gladiadoras
Por Daniel Flores Chávez - 07/08/2008 - 12:25 amDeportes, Urbano, Cultura
“El verdadero héroe olímpico debe ser un
adulto varón… Los Juegos Olímpicos son
el recinto sagrado donde los competidores
de los deportes viriles por excelencia, se
reúnen para medir sus fuerzas, para hacerse
dueño de sí, del peligro, de la vida”…
Barón Pierre de Coubertin.
Aunque su pensamiento humanístico resultaba y sigue preservándose como adelantado a su tiempo, el barón Pierre de Coubertin, padre de los modernos Juegos Olímpicos, nunca quiso que las mujeres tomarán parte en la máxima justa deportiva, de por sí, no concebía que el sexo femenino practicara ejercicio. Durante la celebración de los primeros juegos de tiempos modernos en Atenas 1896, prohibió tajantemente la incursión de pruebas destinadas a la participación femenil.
Organizaciones feministas y de derechos humanos protestaron enérgicamente la decisión discriminatoria de Coubertin hasta que finalmente lograron convencer al movimiento olímpico de incluir en la justa parisina en 1900 al primer contingente de mujeres deportistas, aunque fue hasta 1912 que se les reconoció su participación oficial.
El barón y pedagogo francés trató de convencer a la opinión pública que el esfuerzo físico afectaría el cuerpo femenino además que varios de sus seguidores vaticinaban la pronta desaparición de las mujeres en el deporte. Pero Frédy de Coubertin, conocido por su misogismo, falló en su misión y si hubiera vivido hasta nuestros días, atletas como Nadia Comaneci, Kristtin Otto, Wilma Rudolph, Florence Griffith Joyner, Jackye Joyner o Marion Jones le hubiesen impuesto un replanteamiento a sus convicciones, o popularmente hablando, le hubieran tapado la boca.
Sin embargo, durante los Juegos Olímpicos de la Antigüedad tampoco se les permitía a las mujeres tomar parte en los eventos atléticos, de hecho ni siquiera podían acercarse al estadio, so pena de ser despeñadas del monte Tipaeo. Salvo las hijas solteras de aristócratas o alguna que otra jinete de clase alta podían formar parte de la familia olímpica. Por lo tanto, las deportistas helénicas decidieron crear sus propios juegos bautizados como “Heraicos” en honor a la diosa Hera que se celebraban a la par de la justa cuatrianual y consistían en pruebas de carreras. Lamentablemente no se tienen registros de vencedoras o de la evolución de los “Heraicos” u otras celebraciones similares que debieron existir ya que el deporte no es privativo de razas, credos o sexos.
Retornando a los modernos Juegos Olímpicos, atletas de clase mundial han dejado constancia de que además de héroes dispuestos a ejemplificar los valores olímpicos, también han existido gladiadoras capaces de saltar más alto, correr más rápido o golpear más fuerte. Hazañas como las de las norteamericanas Babe Didrikson, ganadora del oro en jabalina y 110 metros con vallas en Los Angeles 1932 y Wilma Rudolph, quien tras superar la polio que padecía, se adjudicó los 100, 200 y 4×100 metros en Roma 1960 son un par de muestras de la capacidad deportiva femenil.
Posteriores a ellas aparecieron más deportistas como la rumana Nadia Comaneci quien en Montreal 1976 convirtió a la gimnasia en un arte logrando cinco preseas áureas durante su carrera olímpica y cinceló marcas de “10″ en sus ejecuciones, algo nunca antes visto por ojos humanos. La nadadora alemana Kristtin Otto impuso su clase en la piscina durante Seúl 1988 al colgarse seis metales dorados; la estadounidense Jackye Joyner dominó el heptatlón en 88 y en Barcelona 1992, cotizándose como una de las atletas más completas de todos los tiempos; su cuñada, Florence Griffith Joyner obtuvo la gloria en tierras coreanas al conseguir la victoria en 100, 200 y 4×100 metros, y así podríamos continuar nombrando los logros de diferentes atletas a lo largo y ancho de los Juegos Olímpicos.
En conclusión, la única gran falla de la visión de Pierre de Coubertin fue excluir del olimpismo a las mujeres, tal vez con el tiempo, el barón entró en razón y comprendió que sí se quiere crear un movimiento esplendoroso donde la humanidad pueda refugiarse para existir en armonía, se debe incluir a todos y cada uno de los habitantes de este planeta. A final de cuentas, mujeres y hombres, mestizos y blancos, creyentes y ateos, vencedores y vencidos somos parte del género humano en busca de nuestro porvenir y de plasmar la grandeza del espíritu a través de símbolos como los aros entrelazados o la Flama de la Esperanza de los Juegos Olímpicos.



Escribe un comentario