Crónica de los Antiguos Juegos Olímpicos

Por Daniel Flores Chávez - 07/08/2008 - 12:23 am
Deportes, Urbano, Cultura

648 A.C…

Un ardiente sol abrazaba las tierras de la Elide, al occidente del Peloponeso, a lo lejos el rugir de una muchedumbre inundaba los parajes de la ciudad de Olimpia. Miles de personas desfilaban hacia las faldas del monte Cronion entre cientos de puestos de diversas mercancías, prostituas, apostadores, mercenarios, poetas, funcionarios, estatuas y templos dedicados a Zeúz y otras deidades que cercaban al imponente estadio blanco repleto ya por una multitud cercana a los 40 mil, sentados en las gradas de tierra, fijando sus ojos en el campo rectangular de 211 metros de longitud por 31.50 de ancho.

Estaba por celebrarse la inauguración de una edición más de los Juegos Olímpicos, la cual resultaba especial ya que se incluirían dos nuevos deportes: las carreras de caballos y el pancracio, práctica que combinaba la lucha y el boxeo cuya única regla era no morder al oponente, además la justa duraría, por primera vez, cinco días. Durante los primeros Juegos en 776 A.C. sólo existía la prueba de la carrera al estadio, con el tiempo, se incluyeron más especialidades como la lucha; el boxeo, sin guantes ni ring; las carreras de carrozas en sus modalidades de biga y cuadriga; el pentatlón que consistía en carrera, salto largo, lanzamiento de disco y jabalina, además de lucha. Pero, sin lugar a dudas, lo que más impactó a los griegos fue la inclusión de más carreras como: las dialos (2 vueltas al estadio), dólicos (20 o 24 vueltas) y el hoplitódromo donde los competidores corrían vestidos con armaduras y cascos.

A pesar del sofocante calor, la muchedumbre enardecida gritaba coreando el nombre de su atleta favorito, la mayoría de éstos provenían de distintas ciudades ubicadas desde Crimea, Egipto, Asia Menor, Atenas, Croton, Mileto, Naxos y hasta los Pirineos. Para el competidor no existía mayor privilegio que consagrarse como ejemplo para su localidad por lo que se comprometía a iniciar sus entrenamientos desde un año antes y llegar a Olimpia el mes anterior a la justa. Asimismo, para los espectadores también era un acto de fe asistir y presenciar las pruebas, incluso se les permitía a los bárbaros y esclavos entrar al estadio, solamente las mujeres casadas tenían prohibido el acceso.

Finalmente, el momento esperado fue anunciado por sonidos de trompetas, los 40 mil presentes se pusieron de pie para presenciar la entrada al estadio de los organizadores del evento avanzando a paso lento, cargando en sus manos coronas de olivos cortadas con un cuchillo dorado por un niño y consagradas en una ceremonia previa a Zeúz, con las que premiarían a los triunfadores. Después hicieron acto de presencia los atletas portando estandartes y banderines de las ciudades que representaban, dieron una vuelta completa al rectángulo de tierra y pasto saludando a la multitud enloquecida, se dirigieron al centro del campo para culminar la ceremonia. Presentaron a cada uno y les tomaron el juramento con el que admitían competir con honorabilidad y limpieza a las reglas establecidas. El público tributó una larga ovación a los luchadores, jinetes, conductores, boxeadores, corredores y pentatletas que habrían de proseguir la tradición olímpica.

Las trompetas volvieron a sonar mientras los deportistas salían del estadio, entregados a sus sueños de conquistar la victoria y lograr hazañas dignas de ser incluidas en el recinto de los dioses, el Olimpo; sobre sus cabezas volaron decenas de palomas blancas simbolizando la fraternidad que deberían guardar, no sólo en las competencias, sino en la vida misma, ya que también, la celebración de los Juegos significaba días de tregua en que las regiones beligerantes de Europa permitían un momento de paz en honor a la justa olímpica.

Píndaro, Pausanias y Baclídes relataron en poemas o crónicas los sucesos del evento deportivo más importante de la Antigüedad, aunque existían otros juegos como los Píticos, Nemeos e Istmicos nunca pudieron igualar a los Olímpicos, los dignificados a Zeúz y al alma humana. Durante casi 12 siglos hasta el año 394 de nuestra era, el santuario del atletismo, Olimpia, resguardó entre sus muros batallas sin tregua ni cuartel en la pista y campo o momentos emotivos como el de un pugilista que viendo casi moribundo a su rival, él cual todavía peleaba, decidió suspender la contienda, alzó el brazo del vencido y le regaló la victoria en honor a su coraje de no rendirse ni ante el umbral de la muerte.

Y aunque el movimiento olímpico de la Antigüedad culminó a causa del exacerbado materialismo que fue cobrando, su esencia de permitir a los seres humanos competir con honor y buena lid quedará grabada en la memoria del tiempo representando un símbolo de que lo ideal y la esperanza si existen en el mundo, como lo ejemplifica la siguiente frase encontrada en la ciudad de Megara: “Aquí en Olimpia, él murió, compitiendo en el Estadio, habiendo orado a Zeúz ya fuera para encarar la corona o la muerte. Tenía 35 años. Hasta luego”.

Escribe un comentario

Su correo nunca será publicado o compartido.
Los campos marcados * son obligatorios.

*

*